Sábado 12 de Junio de 2004
Pétalo carmesí, flor blanca
También la oscuridad se muestra en una técnica narrativa que, a pesar de la abundancia de detalles, deja zonas oscuras justo cuando el lector espera la máxima claridad.
Rodrigo Pinto
Esta segunda novela de Michel Faber es un estupendo manual para conocer la época victoriana. Más de mil páginas de prosa fluida, que con frecuencia interpelan al lector, muestran un vasto panorama que recoge toda la amplitud del espectro social y geográfico.
William Rackham, el protagonista, es fabricante de jabones y perfumes. Está casado con Agnes, que no sabe, porque nadie se lo ha enseñado, qué es la menstruación, y cree que está enferma de gravedad cada vez que sangra. Claro que ella vive en su propio mundo y ni siquiera es capaz de asumir que estuvo embarazada y tuvo una hija, pero da igual: las damas londinenses son objetos de culto o de adorno, destinadas a la maternidad, claro está, pero sobre ello se tiende un tupido velo; lo importante es que luzcan en la temporada, mientras sus esposos satisfacen sus impulsos sexuales en el vasto mundo de la prostitución.
La temporada transcurre durante el corto verano londinense, cuando la sociedad se da cita en bailes, conciertos, obras de teatro, cenas, paseos, tiendas elegantes. Agnes vive en función de ella, aunque suele perturbarla con desmayos y salidas de madre de una violencia verbal
inaudita para una mujer tan ajustada a las normas.
El anverso social es el mundo de la prostitución. Allí encontró William a su amante, Sugar: una ramera que sabe de literatura, extrañamente bella con su cabello que va del anaranjado al caoba, alta y casi esquelética, con busto de niña y caderas de mujer.
Tres textos se entrelazan en Pétalo carmesí, flor blanca. El principal es, desde luego, el cuerpo de la novela. El segundo es la obra que Sugar escribe, una epopeya de venganza en la que destripa (literalmente) a cuanto macho reduce la condición femenina a la de mero recipiente de sus impulsos. Más expresivo del tono es el sonsonete que Sugar repite como su principio vital: maldito sea Dios y toda su condenada creación. El tercero se compone de los diarios de Agnes, un repertorio infinito de vacuidades que, en los días de su período menstrual, se puebla de demonios que beben su sangre.
Buena parte de la novela transcurre de noche, de negrura casi impenetrable en los barrios míseros o dignamente iluminada en el barrio de los Rackham. Pero también la oscuridad se muestra en una técnica narrativa que, a pesar de la abundancia de detalles, deja zonas oscuras justo cuando el lector espera la máxima claridad. Muchos personajes se pierden en la oscuridad, librados al destino que la imaginación del lector sugiera. Pero, se puede argüir, ¿no es esa la tarea del novelista? Por cierto, y ahí reside la malicia de Faber, tan perversa que, apenas se cierra la página 1.031 de la edición española, se queda uno con ganas de leer otras mil y tantas que rellenen las lagunas.
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